jueves, 18 de noviembre de 2010

Mutaciones #1 (De Slowdive a Mojave 3)




Todo se corrompe. Un músico, un escritor, un cineasta, en determinado momento, cuando nada parecía prefigurarlo, algo hace ‘crack’ y se produce una debacle; aquella forma que parecía el reflejo de una personalidad y una manera única de ver el mundo —el estilo— se quiebra. Por lo general, este cambio se produce a peor. No siempre se pueden determinar los motivos. A menudo esto es debido a que la rabia juvenil o la visceralidad de las primeras manifestaciones, en el terreno que sea, se apagan, se enfría la lava primigenia, nace un hijo, uno se aburguesa, se pierde, se vende (a una major, a una puta). O quizás, simplemente, que el talento se agota. Los casos son incontables. Lo que empezó naciendo como un deseo insobornable por expresar algo urgente, impostergable, muta en intereses espurios: el amateur se profesionaliza; antes le parecía bien viajar en autocar, ahora quiere conducir un deportivo... La historia de siempre.

Pero otras veces, en muy raras ocasiones, una forma perfecta, singular, se transforma en otra, radicalmente distinta, pero perfecta también. Este es el caso, en mi opinión, de la extraña mutación que sufrió uno de los grupos que más me han fascinado y que me gustan sin paliativos: Slowdive. 1995: tras entregar Pygmalion con Creation, el sello donde publicarían algunas de las canciones más bellas y estremecedoras de los 90, y sin síntomas evidentes que preconizaran lo que iba a suceder, se transmutaron en Mojave 3, grabando su primer LP, sin singles previos, Ask Me Tomorrow para 4AD. ¿Cómo pudo suceder algo así? Rastreando en las semblanzas y biografías diseminadas por Internet no se saca nada en claro. Pero los hechos coinciden: al parecer, el fracaso comercial de Pygmalion, donde Slowdive llevaría el shoegaze hasta límites insospechados, firmando, de paso, su acta de defunción, provocó que Creation defenestrara a una de las bandas más inspiradas de su roster. Otras versiones ponen el acento en el agotamiento de la banda: disensiones insalvables entre sus miembros provocaron la  inevitable ruptura. Sea como fuere, el núcleo duro de Slowidve, Neil Hastead y Rachel Goswell, y el batería Ian McCutcheon, el mismo año en que publicaron la que para mí es su obra maestra, incluso superior a la colosal Souvlaki, se reorganizaron para formar Mojave 3. Insisto, todo esto ocurría el mismo año, 1995 (Pygmalion se publicó el 6 de febrero; Ask Me Tomorrow, el 16 de octubre). Junto a Christopher Andrews (piano), que más tarde se casaría con Rachel Goswell; Audrey Riley (chelo), y el guitarrista Simon Rowe (otro tránsfuga del shoegaze: salió de Chapterhouse, que compuso uno de mis temas preferidos y que B., el principal responsable de este insano blog, me grabó hace muchos años en una casete: Breather, del LP Whirlpool), abandonaron los pedales, las capas de sonido, la languidez y el flequillo por una slide guitar, un sombrero de cowboy y una tabla de surf. ¿Era oportunismo comercial, tentados por 4AD, que quiso especular con el talento de la banda operando lo que en marketing se conoce como rebranding? No parece ser esta la explicación. Mojave 3 no suenan impostados. Una explicación plausible quizás sea el talento sobrenatural para componer canciones de Neil Hastead que, tras el éxtasis místico de Pygmalion, quiso navegar por aguas menos tortuosas: de la inmersión por las profundas simas abisales a la intemperie ultra-luminosa del desierto de Mojave. Tiene sentido. No hay lugar para la nostalgia después de tan extraordinaria transformación. O quizás sí, pues nunca escucharemos cómo podría haber sonado la versión de Fourth of July que, justo antes de la mutación, Slowdive tenía previsto grabar para el álbum-tributo a Galaxie 500 que Elefant Records preparaba.
 
Si nos atenemos a las portadas de los dos discos, el último disco de Slowdive y el primero de Mojave 3, la mutación es total:


 Sin embargo, si comparamos los inserts, tal transformación parece, por el contrario, una continuidad:


Hoy proponemos un experimento: tratar de registrar el instante mismo de una mutación: el momento preciso en que un sonido, una forma, se transforma en otra. Para ello, hemos grabado y fundido en un lento cross-fade el último tema de Slowdive —el que cerraba su álbum Pygmalion— con el primero de su primer disco como Mojave 3 —el que abría Ask Me Tomorrow. Registrar, pues, la extraordinaria mutación que se produjo de All Of Us a Love Songs On The Radio en la que Neil Hastead y Rachel Goswell se dan la mano desde los dos extremos del paraíso:

Mutación, aquí

Para mí sigue siendo un misterio inescrutable cómo una banda grandiosa como Slowdive mutó en Mojave 3. Pero, más allá de explicaciones siempre frustrantes o poco esclarecedoras, al final lo que quedan son las canciones. De una belleza insuperable, sobrecogedora.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Clasicazos e inundaciones:
UV pop "No songs tomorrow"



Cuando un tsunami devasta medio continente lejos de aquí, cuando llueve salvajemente durante semanas en algún punto alejado del planeta, no pensamos que quizás, algún día, algo así vaya a irrumpir en nuestras vidas. Nosotros no lo pensamos, los abogados —especuladores de la desgracia ajena— lo tienen claro; han inventado, incluso, un término legal para ello: Act of God, o aquel acontecimiento fortuito que va más allá de toda previsión o control humano y que, hábilmente insertado a modo de cláusula en el apéndice de algún contrato con minúsculo cuerpo de letra, puede servir para que, llegado el momento, la compañía de seguros más avezada se lave las manos.

Aquel día, el parte meteorológico ya lo advertía, llovió como si alguna deuda bíblica se estuviera cobrando su parte con carácter retroactivo. Ciudades como las nuestras están mal preparadas para este tipo de estragos. En mi caso, la inundación que sufrió la casa en la que por aquel entonces vivía iba a suponer uno de los acontecimientos más aciagos que recuerdo. Debían de ser las tres de la mañana cuando un ruido acuático que hasta entonces se había circunscrito al exterior gris y amenazante, empezó a sonar adentro… Al poner los pies sobre el suelo quedó claro que el agua estaba entrando por debajo de la puerta a borbotones. Me llegaba hasta las rodillas. Luego los gritos, los desesperados y vanos intentos por achicar el agua con cubos insuficientemente aptos para tal cometido… Hasta que llegaron los bomberos, que con una providencial bomba lograron rebajar el nivel de agua hasta límites antediluvianos. También ayudó que dejara de llover tras tres días de ininterrumpidos chubascos. Entonces, cuando volvió la calma, aconteció una de las imágenes que más me han conmocionado: mi colección de discos, que en lugar de estar colocada en algún lugar elevado de acuerdo con el estatus sentimental que merecían y habiendo sido abandonados en el suelo del rincón más sucio de mi habitación, flotaban ahora mecidos por unas aguas turbias dirigiéndose en fila, diligentemente, hacia lo que parecía su particular cementerio de elefantes… Todavía me asalta esa imagen que tanto recuerda a las películas en las que aparece un cadáver flotando sin vida a merced de la corriente, boca abajo.

Sólo se salvarían del desastre un grupo de discos que, resistiendo a la inundación y negándose a flotar exangües sobre las aguas, se pegaron unos a otros formando un bloque granítico inamovible. Ahí quedaron, enganchados en su abrazo mortal, en el del todo inapropiado lugar donde los había colocado. El resto, la mayoría, más de 300 discos, perecieron aquel día y acabaron en el cubo de la basura.

Tras la visita de un siniestro perito que tomaba fotos y garabateaba en su libretita, la compañía de seguros no quiso hacerse responsable, amparándose, precisamente, en la cláusula de Acts of God. Desde ese día, no he vuelto a contratar ningún seguro.

Pero, ¿qué hacer con aquel grupo de valientes resistentes que habían quedado pegados por el agua cual informes figuras de plomo que hubieran vuelto a su estado original tras un incendio? Si los separaba, corría el riesgo de rajar las portadas. Pero como tampoco tenía sentido conservarlos en bloque, tomé la terrible resolución de separarlos, con el peligro de que, como siameses unidos por un órgano vital, pudieran perecer durante la delicada intervención. El resultado de aquella infausta operación fue ésta:


The Mission – God’s Own Medicine  (LP)
Christian Death – The Heretics Alive (LP)




The Cure – Entreat (LP)


Play Dead – Caught From Behind (LP)

Bauhaus – Lagartija Nick (12")
















Fields of the Nephilim – Moonchild (12")













El único disco que salió completamente ileso, que no sufrió daño alguno gracias a la gruesa funda de PVC que lo protegía, fue un rarísimo álbum, hoy buscadísimo, de UV Pop (aka Ultra Violent PØP), una banda memorable de los 80 que, como tantas otras, ha caído en el olvido. Su título, No Songs Tomorrow, parecía presagiar la desgracia que me sobrevendría aquel día en que se inundó mi casa. El disco fue editado por… Flowmotion [flujo en movimiento], otra siniestra coincidencia.

UV Pop es el nombre detrás del que actúa John K. White, en solitario, “a slight white boy with guitar, saxophone, and Revox; and the gift of sound and vision”, como se indica en la nota de prensa que el sello envió a raíz del lanzamiento del disco, en 1983. Reconvirtiendo su casa en un estudio de grabación, quiso registrar las contradicciones estéticas que le atenazaban por aquel entonces dividiendo su primer álbum en dos partes: la cara A, que recoge canciones a la manera post-punk con caja de ritmos, lentos desarrollos de guitarra con flanger y voz teñida de angst (muy parecida, por cierto, a la de Mark Burgess de The Chameleons); la cara B, un feroz artefacto en la línea de Industrial Records de abrasivas guitarras distorsionadas, voces filtradas y rápida sucesión de beats. Si no me equivoco, este disco sólo existe en formato vinilo y nunca apareció en CD (bien por John), por lo que la grabación que aquí presentamos proviene del vinilo que sobrevivió milagrosamente a la inundación. Sirva como homenaje a todos aquellos discos que ya no están conmigo. Descansen en paz.

Descarga CARA A aquí
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domingo, 7 de noviembre de 2010

Testimonios: mi noche con Robyn Hitchcock, una experiencia psicodélica, borrosa e imborrable


Fotografía tomada el día en el que conocí a Robyn Hitchcock 

Hace poco más de dos años, concretamente el 25 de octubre de 2008, el intérprete inglés Robyn Hitchcock ofreció un concierto en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) en el marco del festival Kosmopolis. El recital, repleto de guiños al pasado (que es lo único que tienen algunas personas cuando llegan a cierta edad), se desarrolló sin ningún contratiempo destacable. Hitchcock, únicamente acompañado por una guitarra acústica, repasó algunos de los más emblemáticos hits de su dilatada carrera, salpicados en algunas ocasiones por algunas de sus nuevas creaciones.

Una vez hubo finalizado el concierto, el intérprete londinense quiso salir por la Ciudad Condal a refrescarse el gaznate con destilados varios, cosa habitual en personas de vida disoluta como los artistas, los políticos, los futbolistas y las divorciadas.

Resulta que la persona que le contrató es amigo mío y me comentó si quería ir a tomar algo con ellos. “Claro”, contesté, aunque personalmente me importan un carajo los artistas fuera del ámbito en el que me son familiares, es decir, sus discos (de vinilo) y (algunos de sus) conciertos. El resto, como diría Alex Ross, es (puro) ruido.

Pues bien, el lugar en el que nos citamos fue una cocktelería de la capital catalana llamada Milano, frecuentada por wannabes de distinto pelaje, estrellas, estrellitas y estrellados y algún que otro plumilla con delirios de grandeza.

El tiempo también pasa para el señor Hitchcock.

Una vez dentro del local tomamos asiento en una de las pocas mesas libres que quedaban. Quizá es en este momento cuando debería mencionar que un servidor, a lo largo del recital del señor Hitchcock, no dejó de visitar el bar y de beber como si no existiera mañana. Es decir, llegué a la mencionada cocktelería con una melopea galopante de padre y muy señor mío. Ovación cerrada por parte del respetable ante mis intentos de comunicar algo con sentido. No pude hacer trampas y rebajar mi nivel de idiotez etílica con alguna visita fugaz al baño. La suerte estaba echada.

Axioma: la gente bebida tiende a la repetición. Una repetición que en un porcentaje muy elevado de las ocasiones es legalmente collejable. Al menos debería serlo. Obviamente, no soy una excepción.

Aquella noche sólo dos ideas cruzaron mi (enorme) cabeza, un par de pensamientos que, al parecer, olvidaba periódicamente al nanosegundo. A saber, el primero de ellos fue el inicio de la canción de Hitchcock ‘Nietzche’s way’, (“Los Angeles police/ They come in different flavors / And history refuses / To do them any favors”), un enorme tema que aparece en el álbum ‘A Star For Bram’ (Editions PAF!, 2000), disco que recopila outtakes y demás grabaciones de las sesiones para  ‘Jewels For Sophia’ (Warner Bros, 1999). Lamentablemente ambos únicamente están disponibles en CD.

Mi otra ‘idea’ aquella noche, la última antes de tomar las de Villadiego (mi momento más digno y respetable), fue recriminarle al señor Hitchcock que hubiera realizado el recital únicamente con su guitarra acústica “¿Por qué no has tocado con un grupo de acompañamiento?”, era la única pregunta que debí haberle hecho.

Pero no. In vino veritas y mil ginfizz después le estaba espetando vehementemente, con esa ingenua seguridad que da el alcohol, y en un idioma a medio camino entre el inglés y alguna lengua muerta, que su concierto me había parecido un coñazo, que estaba viejo, que se tiñera el pelo, que su única canción buena era ‘Nietzche’s way’ -la única de la que me acordaba yo, claro- y que me cagaba en la puta madre que parió a Syd Barrett, que suerte que me habían invitado al concierto que si no le meto la guitarra por el culo y toco ‘Nietzche’s way’ con ella, que cuánto le había pagado mi amigo y que le devolviera parte del dinero o que con él, al menos, me invitara a unos ginfizz más, que aquello era lo justo y entonces, al cabo de un buen rato, al ver la cara de terror y vergüenza extrema de los que estaban a mi vera, al comprobar que había creado un clima propicio para para un huracán de puñetazos y ver que la paciencia de todo el mundo, incluída la del señor Hitchcock, estaba a punto darse por finiquitada, solo entonces alguien que me quiere bien me sacó amablemente del oprobio.

Robyn Hitchcock no me pegó de milagro y es por ello que quiero compartir dos de sus mejores álbumes, que están en vinilo y a muy buen precio en Discogs. Por cierto, es la última vez que hablo de singers-songwritters: me hacen parecer más viejo de lo que soy.

I Often Dream Of Trains (Midnight Music, 1984)



Black Snake Diamond Röle (Armageddon Records, 1981)


Via Mucho Harte.

jueves, 4 de noviembre de 2010

20 años después: GRAUZONE "Esibær"


El azar quiso que aquel niño risueño y gracioso que fascinaba con su simpatía a todos los porteros del barrio —¿qué habrá sido de ellos?—, que coleccionaba compulsivamente todos los fascículos (y hermosas diapositivas) de Jacques-Yves Cousteau, se convirtiera en un agrio y adusto adolescente de pálido semblante. Abandonaría definitivamente la niñez el día en que el hermano de un amigo le puso en casete el Just Like Heaven de The Cure. Aquel tema, que al principio le pareció aborrecible, tan alejado de las melodías seductoramente imbéciles de los recopilatorios Monstruo que atesoraba, iba a clausurar con un sonoro aldabonazo los años de algodonada niñez para arrastrarlo, con el pelo progresivamente empenachado (y con tendencia a la alopecia: todo se vendría abajo un día en que unos niños  malcriados, tras la verja de la escuela, corearon maliciosamente “Rappel, Rappel” y aquel aciago día decidió acabar con todo y raparse al cero, ¿1994?) por la senda de la rebeldía juvenil, en su versión gótico-siniestra.



 

Asistió, el todavía niño, profusamente crepado, maquillado y reverencialmente asustado, al concierto que The Cure dieron en 1989, en la gira del memorable Disintegration. Luego llegaron, de Londres, los botines de punta, camisas histriónicamente largas y otras bandas sonoras de voces guturales e imaginería romántica que ya no le abandonarían.  Aún hoy tiende al negro.

La puesta de largo oficial de aquel sempiterno adolescente de labios pintados de negro y pelo rabiosamente encrespado, fue la entrada en la extinta discoteca Toque BCN de la calle Aragón de Barcelona. Franquear el umbral de aquella puerta fue el inicio de una gloriosa juventud, o así la recuerda el niño, ahora un borracho y compulsivo coleccionista de discos... Creo que no he vuelto a disfrutar jamás de la música como en aquellos años. Un tipo con un sucio abrigo de cuero marrón (recuerdo que era de Mollet, población cercana a Barcelona que en mi vida he pisado, y en la que todavía pienso que todos sus habitantes visten como el astroso DJ), oculto tras una gafas negras, ponía música para un grupo de jóvenes de arrabal (y algún pijo, como nosotros) que trataban de capear el temporal de la adolescencia con espíritu carnavalesco. El infausto parnaso reunía en aquella discoteca, muy probablemente reciclada a partir de un club de salsa cuyo dueño no se había preocupado en redecorar, a delincuentes en ciernes (recuerdo especialmente a un tipo bajito ataviado con un sombrero andaluz que juraría que volví a ver, años después, en una noticia de sucesos por televisión), siniestros de capa y espada, émulos de Genesis P-Orridge, y algún desubicado macarra en busca, quizás, de lo que parecían emperifolladas putillas de carretera, o al menos eso parecían las jóvenes que allí se daban cita (y que, a nuestro pesar, resultaron ser poco o nada putas). Esto debió ocurrir  en 1990. No sé si duró uno o dos años. No más de dos. Ocurría, allí, algo que no he vuelto a experimentar en ninguna discoteca, no sé si tras un meditado proceso de concesión democrático por parte del DJ a los allí tan disparmente reunidos, o como resultado de un mash up imposible que recogía su ecléctico gusto; el hecho es que, a modo de micro-sesiones, el DJ iba, a lo largo de la tarde —porque todo esto sucedía por la tarde— pinchando al gusto de todos los ahí presentes: ahora para los siniestros —Bauhaus, Christian Death, X-Mal Deutschland, Sisters of Mercy, (el pogo que se armaba en Temple of Love era apoteósico)—, luego para los industriales —Coil, Nitzer Ebb, Cassandra Complex— y luego un interludio heavy, donde pinchaba One de Metallica para regocijo de mi amigo R. que perpetraba, totalmente solo en la pista y muy probablemente tras beberse su décimo combinado, una sesión de Air Guitar memorable. Así, iban entrando y saliendo las tribus urbanas allí reunidas. Y quizás por afán catártico, el de Mollet siempre lograba que todos los grupos, que se iban retirando respetuosamente para dar paso al siguiente para luego volver, se reunieran todos, a modo de finale felliniano, para bailar juntos hacia el final de la tarde. El milagro que propiciaba tan improbable comunión era, indefectiblemente, Esibær, de Grauzone. Quizás porque era, y sigue siendo, un hit incontestable, uno de los más brillantes e imperecederos de los años 80 y que muy pocos después han podido superar.





Esibær, el oso polar, tema de letra estúpida donde las haya, podría haber conquistado al gran público con ese turbulento y lúbrico bajo a no ser por su desaliñada declamación punk y una guitarra distorsionada cuyos riffs se coronan con unos irritantes y algo paródicos compases de organillo de feria (el tema llegó a estar, sin embargo, en el puesto 6 y 12 de los charts austríaco y alemán de 1981, respectivamente). Muchos años después de aquellas inolvidables tardes, compré el 12” de Esibær —tras haberme hecho meses antes con el menos flamante 7”— en Funrecords, tienda en Internet regentada por Michael Mozdzan que ya operaba cuando Discogs todavía era el sueño húmedo de coleccionistas pre-edénicos. A Michael, que tenía la imperdonable manía de enganchar sobre todas las portadas de los discos que vendía una molesta e inarrancable pegatina sobre la portada, le compré el otro día el LP de Minema por la ridícula suma de 2 euros. Probablemente pensó, no sin razón, que más no se podía pedir por un disco español de mediados de los 90 de abyecta portada roja. A Michael, sin embargo, y a pesar de la pegatina y el molesto ring wear marca de la casa (lo que hace pensar que tiene demasiados discos y muy poco espacio en algún sucio búnker de Berlín) le debo mi magnífica copia del Esibær de Grauzone, que hoy ponemos a disposición aquí a partir de la grabación del disco de vinilo trasplantado a MP3 a través del maravilloso software Final Vinyl de mi ordenador.

Pero Grauzone no fueron un one-hit wonder, como pueda quizás pensarse. Sin ir más lejos, la cara B del maxi recoge dos temas nada deleznables: una oda synth-pop en la línea de Die Doraus und die Marinas, Ich Lieb Sie, que da paso a una sorpresa mayor, el oscuro Film 2, que con su obstinado ritmo marcial y esos chasquidos de lengua o restallidos acuáticos —no hay manera de saberlo— se adelanta en años al IDM.

La grabación de este artefacto tendría lugar en los Sunrise Studios, un antro de Kirchberg, Suiza, en 1981, nueve años antes de que un niño, todavía virgen, entrara una tarde de primavera por las puertas de una discoteca de la calle Aragón.


Descarga el Maxi aquí

lunes, 1 de noviembre de 2010

Clasicazos Básicos, hoy:
ÚLTIMA EMOCIÓN "Dos minutos de Odio"



Hace unos meses el imprescindible sello valenciano Turia Records reeditaba la cassete de Última Emoción, uno de los grupos de tecnopop más alucinantes del mundo. Esta entrada es una oda a este grupo pero también un homenaje a las valientes PYMES españolas que últimamente gastan sus dineros en reeditar nuestra más oscura historia musicada.  
Reeditar joyas en vinilo de los años 80 se está convirtiendo en un arte.  Munster Records, el sello que todo lo hace bien, quizás sea el mejor ejemplo de dicha labor: ediciones cuidadas, notas intensas, vinilo pesado y un olfato especial para lanzar un catálogo que incluye desde clásicos de los 80 españoles hasta joyas del sello Big Beat pasando por cuidadas cajas de leyendas como Swell Maps. Aparte de estos maestros de la arqueología vinilística existen también en el Estado Español un montón de micro-sellos que están desempolvando maquetas en cinta y discos olvidados y dándoles nuevos aires y vida física en forma de ricas ediciones limitadas. Llevamos unos cuantos años en los que hemos podido volver a comprar a precios asequibles las grabaciones de Larsen, Espasmódicos, Viuda Gómez e Hijos, Brighton 64, Los Negativos, La Broma de Satán, Último Resorte, fanzine, Morticia y los Decrépitos… Unos discos que nos devuelven hits frescos y que dejan claro que la CARA B de la historia del pop español es muchísimo más emocionante, arriesgada y talentosa que los héroes de la movida.
Hoy queremos desempolvar "Dos minutos de Odio" el disco de synthpop más electrificante y alucinante que se hizo en España en los 80. Con permiso de los madrileños Metal&Ca, Última Emoción fueron el grupo que mejor supo crear HITAZOS con teclados. Con tan sólo un disco de 6 canciones y la reedición que comentaba arriba, este extraño grupo de valencianos se han convertido en uno de los secretos más queridos de internet de nuestro pop español. Blogs de USA, Korea, Alemania, Italia y demás mentes mutantes hablan de este grupo como EL GRUPO.

Valencia siempre ha sido zona tecnopop, en la ruta se bailaba a Elegant Machinery o The Arch con la misma emoción que Chimo Bayo y unos años antes el tecnopop era el sonido valenciano en la era de la movida.  No sé si se acordarán de un grupo llamado GLAMOUR, pues de allí salió un tal José Luis Macias que se unió a unos chicos que tocaban en un conjunto llamado EUROPA. Juntos se reforman como Última Emoción, en seguida paren su obra magna “Dos minutos de Odio” tan sólo seis canciones que edita el sello MR dirigido por el insigne Paco Martín (el que fichó a Mecano o a los Hombres G, un genio o un hijo de puta, según se mire). El disco son 6 hits como la copa de un pino entre las que destacan “Sentir tu cuerpo” y “El Misterio de los Tomates Eléctricos” (para mi una de las 10 mejores canciones del pop español). Nunca entendí donde estaba el misterio en unos tomates eléctricos hasta que hace poco el propio sello TURIA Records reeditaba el 7” de Tomates Eléctricos, un extraño combo valenciano de culto que todos los amantes del tecnopop valenciano amaban pero que nunca editaron nada, de ahí lo del misterio. El grupo desapareció enseguida, sus miembros se fueron a montar Los Inhumanos (recordemos que de los Inhumanos también salió el actual manager de Belén Esteban), Megabeat y Comité Cisne (donde también estaba el insufrible exGARAGE Carlos Goñi). Como ven Última Emoción fueron el germen del pop valenciano más hardcore e hicieron el disco más perfecto que jamás se hizo en la tierra del Turia.
Ya que estamos hago un llamamiento para que algún alma caritativa nos devuelva las grabaciones de Los Canguros, Perspectiva Nevsky, La Fundación, Agrimensor K, Líneas Aéreas, Donación Agnelli, El Humano Mecano, Como Huele, Vocoder, Esmeralda Tuk, Oviformia,  Ataque de Caspa …y un montón de gigantes del pop que hoy miramos con admiración por misteriosos e inéditos. 
Ah, y no se olviden de obsequiarnos con preciosos inserts o booklets y muchas notas interiores. Gracias.  


Descarga esta obra maestra aquí

jueves, 28 de octubre de 2010

Confesiones de un vinilómano #1



Si de algo estoy seguro después de 25 años coleccionando discos es de que aun invirtiendo todos los ahorros que pueda gastar, vilmente arrancados de mi mísero sueldo a expensas de inversiones más adultas y con el peligro de dejar a mis vástagos sin herencia alguna —a excepción, claro está, de una colección de discos que muy probablemente malvenderán por cuatro cuartos—; invirtiéndolo todo —decía— de aquí hasta la víspera de mi muerte, no podré comprarme todos los discos que quiero. Pues, como sabrá todo coleccionista, sea cual sea su ámbito, el problema se agrava día a día, ya que a medida que la colección se incrementa de forma aritmética, los discos que faltan lo hacen en progresión geométrica. La ecuación de la ruina. Sólo queda esperar un milagro: para mi familia, mi muerte prematura; para mí, ganar la lotería primitiva. Muchos han especulado, y especulan a diario, con qué hacer si ganan la lotería. La mayoría se lo gastaría todo estúpidamente en casas, coches, putas, viajes, joyas, algún cuadro abominable comprado en alguna subasta  para llenar tanto espacio en blanco, otra casa, más coches —ahora un Cayenne, ahora un Lamborghini—, puros cubanos, televisores de 150 pulgadas… En mi caso, lo tengo claro. Me pasaría el resto de mis días comprando discos en Discogs y Ebay, me dedicaría a establecer un demencial itinerario diario, escrupulosamente inamovible, por las tiendas de discos de la ciudad, con la posibilidad, en todo momento, de tomar un avión a Londres, Nueva York, París o toda urbe en la que vendan discos e inaugurar, así, nuevos e insospechados itinerarios internacionales. Para empezar, compraría, sistemáticamente, toda la discografía de Sarah Records, desde la primera hasta la última referencia —Sarah 1, The Sea Urchins, ‘Pristine Christine’ (7”); Sarah 2, The Orchids, ‘The Habit’ (7”); Sarah 3…—; una vez agotada esta mina, hasta el último diamante o trozo de carbón, no importa, seguiría con Shinkansen. Aunque, bien pensado, también podría ir haciéndose en paralelo, cual feroz metástasis, comprando todas las referencias de otros sellos, Factory, Rough Trade, Postcard, Creation, 4AD, Warp, Glass, Mute, City Slang, Matador, Sub Pop, Merge, Slumberland, Too Pure, Les Disques du Crépuscule, Captured Tracks, Deutsche Grammophon… Canteras que a su vez originarían nuevas fuentes, nuevas minas… Comprarlo todo, sistemáticamente, no importa si es bueno o malo. Comprárselo todo a los vendedores japoneses de Ebay, a “batfuk”, a “depackh7”, a “zone8096”, a “koorifuyu”… Ir a Japón a ver a “koorifuyu”. Comprar discos raros de música industrial, no importa si son atroces, Vagina Dentata Organ, Throbbing Gristle –lo quiero todo-… Comprar toda la discografía de cualquier grupo que alguien tuviese la insolencia de citar y que todavía no estuviese en la colección. Comprar todos los discos. Todos. Tantos, que ni tres generaciones de herederos, ocupando toda su vida en ponerlos, uno detrás de otro, tuvieran tiempo de escucharlos todos. Emplear a un tipo que catalogara la colección, que la ordenara, que limpiara los discos con la Loricraft Audio de Garrard y los pusiera en alguno de los tocadiscos –un thorens, por ejemplo- con unos guantes negros… Sólo entonces, y si me queda aún tiempo de vida, sí, haría como el resto y me compraría una casa, un coche, y me iría de putas…

martes, 26 de octubre de 2010

Clasicazos Básicos, hoy:
SPACEMEN 3 "Taking Drugs"

La prescripción perfecta.




En la ciudad de Rugby, y para desgracia de unos padres que quizás hubieran querido traer al mundo a dos fornidos muchachos rubicundos que triunfaran en el deporte que hizo mundialmente famosa a la ciudad del condado de Warwickshire, nacían, un mismo día de noviembre de 1965, Jason Pierce y Peter Kember, que no tardarían en defraudar los designios paternos…


Durante su juventud, y tras el impacto que iban a producir sobre los dos jóvenes bandas como THE CRAMPS, la VELVET, THE STOOGES o MC5, brotaría en 1982 uno de los hongos más influyentes e imperecederos del rock británico: SPACEMEN 3. El impacto fue tan grande que su sonido, como el del Big Bang, ha llegado perfectamente audible hasta nuestros días: escuchándolo hoy, es imposible determinar cuándo surgió y de dónde proviene. Tardarían cuatro años en  grabar su primer LP (SOUND OF CONFUSION, Glass GLALP 018). Pocos meses antes (enero del 86), se encerraron tres días en un estudio para grabar una demo con un 16 pistas que llevaría por título TAKING DRUGS TO MAKE MUSIC TO TAKE DRUGS TO, también conocido como THE NORTHAMPTON DEMOS, o la particular paradoja del huevo o la gallina versión Rugby, donde formulaban su indecisión de si estaban en esto de la música para tomar drogas —de todo tipo— o si el tomar drogas les había arrastrado hasta la música.
Pocas bandas han hecho apología de la drogas de manera tan franca y abierta. La portada y grafismo de la versión CD de este raro artefacto, concepto gráfico del propio Kember, no es precisamente sutil [aquí]. Pero más allá de lo anecdótico de esta boutade juvenil, en este álbum de fuzz tóxico, donde Spacemen 3 tejen un muro de sonido que puede fascinar y provocar efectos secundarios adversos a un tiempo, escuchamos el sonido de una banda en un estado de pureza extremo: digamos que si SOUND OF CONFUSION, su primer álbum, es la cocaína que puede consumir cualquier ciudadano de a pie, cortada con maicena o talco por traficantes locales sin escrúpulos, TAKING DRUGS sería la coca sin adulterar que esnifan algunos afortunados habitantes de Medellín.
El álbum que aquí presentamos, algunas de las versiones del cual fueron reivindicadas por SPACEMEN 3, que las preferían a las más edulcoradas mezclas que posteriormente aparecieron en los dos primeros álbumes oficiales, se ha grabado de la versión vinilo de la edición de FATHER YOD (FYP-L25), el subsello marciano regentado por Thurston Moore, para preservar aún más, si cabe, la crudeza del original.



Taking Drugs – Cara A
Taking Drugs – Cara B

P.S. Toda la música de SPACEMEN 3 es una invitación a la droga. No sólo a tomar drogas, a LA DROGA, a salir del estado de consciencia cotidiano para pasar al Otro Lado. Nada necesariamente complaciente o agradable. Sus experimentos sónicos son posibles pruebas de la existencia del infierno. O del limbo. Tomemos, por ejemplo, ECSTASY IN SLOW MOTION, del extraño 12” DREAMEWAPON (Fierce Recordings, fright 042), cuya cara A (o B, no puede saberse a ciencia cierta) está literalmente girada, esto es, que se pincha de dentro a afuera, de la galleta al exterior, y no al revés, como es habitual:

Ecstasy in Slow Motion from Discos Girados on Vimeo.