Cuando
un tsunami devasta medio continente lejos de aquí, cuando llueve salvajemente
durante semanas en algún punto alejado del planeta, no pensamos que quizás,
algún día, algo así vaya a irrumpir en nuestras vidas. Nosotros no lo pensamos, los abogados —especuladores de la
desgracia ajena— lo tienen claro; han inventado, incluso, un término legal para
ello: Act of God, o aquel
acontecimiento fortuito que va más allá de toda previsión o control humano y
que, hábilmente insertado a modo de cláusula en el apéndice de algún contrato
con minúsculo cuerpo de letra, puede servir para que, llegado el momento, la
compañía de seguros más avezada se lave las manos.
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Nos hemos mudado...
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